El Arte de la Estrategia
¿Por qué perdimos la Guerra de 2.014?
TCOL. AVIACIÓN D. CARLOS MESTRE BAREA. EJERCITO DEL AIRE DE ESPAÑA
Hace
poco más de 15 años los expertos militares pensaban que la revolución
tecnológica en el campo militar dejaría a las naciones en desarrollo, como la
nuestra, imposibilitadas para oponerse a las potencias tecnológicas. Los
expertos occidentales al final del siglo XX, pensaban que la ciencia y la
tecnología jugarían el papel
decisivo. Las imaginaban a gran distancia de sus territorios nacionales y
hablaban de ‘ciber-guerras’ y de ‘guerras de la información’ contra enemigos
muy inferiores tecnológicamente. Y una vez más, los occidentales, daban por
supuesto que sus potenciales enemigos aceptarían su interpretación de lo que es
la ‘revolución tecnológica’.
Los enemigos del mundo occidental al comienzo del siglo XXI se convirtieron en enemigos, precisamente, porque no compartían los valores de esa civilización corrupta, ni tampoco su visión filosófica de la humanidad. Tanto el final del siglo XX como el comienzo del siglo XXI vio la emergencia de lo que el historiador británico John Keegan llamó las ‘sociedades de guerreros’.
Los
occidentales empezaron a darse cuenta durante los últimos años, de quienes eran
sus verdaderos enemigos: sociedades que no se comportan de acuerdo a lo que los
esquemas occidentales establecen como racional, que son capaces de atrocidades
difíciles de describir con simples palabras y que no les importa sacrificar a
muchos de los suyos, incluidos los niños, con tal de que sobrevivan
determinadas ideas religiosas o políticas.
Demasiados
occidentales daban por asumido que estas sociedades de guerreros, carecían de
la sofisticación necesaria para integrar las nuevas tecnologías en una doctrina
militar que pudiera derrotar a Occidente. La ‘cibernética’, que es la base de
la revolución tecnológica, no requiere una infraestructura tan complicada como
la necesaria para producir las tradicionales máquinas de guerra, barcos, aviones
o tanques. Con plataformas como esas, el poder militar de Occidente dominaba el
mundo. La tecnología de la información, sin embargo, ha cambiado radicalmente
todo eso ya que su utilización requiere potencial humano, el cual usando
ordenadores comerciales simples y baratos, puede llevar a cabo los desarrollos
tecnológicos necesarios. Además, con la filosofía monetarista de los logistas
occidentales que patrocina el acudir cada vez más a los canales comerciales
normales para pertrechar a sus ejércitos, nosotros podemos adquirir los mismos
productos en mercados internacionales, y muchas veces más rápido que lo puedan
hacer las democracias occidentales a través de los burocráticos canales que las
leyes de contratos les obligan a seguir.
Aunque los occidentales
proclamaban que la tecnología de la información les permitiría introducirse en
el ‘proceso de la decisión’ del enemigo, lo realmente irónico es que fuimos
nosotros quienes nos metimos en sus ‘procesos de adquisición’ ya que éramos
capaces de adquirir sistemas nuevos, antes incluso de que ellos hubiesen
comprado los suyos, que en ocasiones estaban ya obsoletos en el momento de
concluir sus larguísimos programas de adquisición.
Los
occidentales también subestimaron los efectos del rápido bajón de los
ciber-precios, puesto que en el año 2.000 ya podíamos comprar chips de silicio
a 100 $ y con la misma potencia de cálculo que tenían los supercomputadores de
320 millones $ de los sistemas de defensa, al principio de la década de los 90.
De esta manera, muchos de los mecanismos utilizados en nuestros sistemas de
comunicaciones, por ejemplo, resultaban tan baratos y miniaturizados que se
podían hacer mil veces redundantes. Era prácticamente imposible que un
ciber-asalto pudiera eliminar todos los sistemas a la vez.
Y para mayor
desgracia de nuestros enemigos, el gran desarrollo del software disminuyó la
demanda de especialistas altamente cualificados necesarios para operar los
complejos sistemas de armas existentes.
Así
que soldados con una preparación técnica muy escasa podían convertirse
rápidamente en operadores eficaces de los nuevos sistemas. Gracias al Altísimo,
el microchip terminó con la ventaja en información y entrenamiento que habían
disfrutado los soldados occidentales hasta entonces.
En cualquier
caso, decidimos no preocuparnos demasiado si no éramos capaces, en cada momento
concreto, de hacer frente a alguna nueva sorpresa tecnológica de los
occidentales. Hoy estamos seguros de que la dependencia de los ciber-sistemas
no es una potencialidad absoluta. Las organizaciones tecnológicamente avanzadas
son más vulnerables a la guerra de la información simplemente porque son
dependientes precisamente de esa información. Por ejemplo, nosotros vemos la
globalización tecnológica del mundo de la prensa, radio, y TV como una nueva
manera de hacer nuestra Guerra Santa. Al terminar la primera década del siglo
XXI, las agencias internacionales de noticias dejaron de ser dependientes de
los gobiernos a la hora de producir las noticias en la zona de conflicto ya que
disponían de medios propios de comunicación muy avanzadas tecnológicamente. La
seguridad en las operaciones militares se hizo casi imposible puesto que los
potentes grupos económicos que dominaban el mundo de la información
periodística lanzaron satélites de comunicaciones y de observación e incluso
sus propios UAVs reconocimiento para transmitir en tiempo real escenas del
campo de batalla.
Esta enorme
cantidad de información estaba, por supuesto, disponible para cualquiera,
incluidos nosotros. No teníamos, por tanto, necesidad de construir satélites
costosos o incluso pagar a espías; en su lugar utilizábamos el libre flujo de
datos que navegaba por Internet, ya que las democráticas leyes occidentales del
derecho a la información hacían imposible el consenso político necesario para
interferir el trabajo de los medios. De hecho, la tecnología ha hecho posible
la ‘igualdad en la información’ más que el ‘dominio de la información’ que era
lo que patrocinaba la revolución tecnológica militar de finales del siglo XX.
Nos dimos
cuenta de que los cambios tecnológicos tan radicales que se habían producido en
los medios, nos permitían desarrollar una estrategia que explotaba el miedo de
los occidentales a las bajas en los conflictos militares. Esta sensibilidad
exquisita a la hora de usar la fuerza contra la barbarie, hacía posible que
adversarios muy inferiores tecnológicamente pudieran derrotar a superpotencias.
Como ejemplo podemos señalar que la muerte de 18 soldados americanos en
Somalia, seguida por las escenas de TV del cuerpo de uno de esos soldados
arrastrado por las calles de Mogadiscio, causó tal protesta entre el público
americano que forzó a las autoridades a limitar sus objetivos políticos.
De
la misma forma el temor reverencial a las muertes tanto propias, como del
enemigo, hizo que las intervenciones occidentales contra los genocidios en
Bosnia y en la antigua Yugoslavia estuvieran llenas de limitaciones que
proporcionaron grandes ventajas operativas a sus adversarios.
De esta
manera, el intentar capitalizar el poder de los medios (principalmente la TV)
se convirtió en parte de nuestra
estrategia, haciendo la guerra de la manera más brutal y despiadada
posible para influenciar de esta forma a los líderes políticos al exponer esa
brutalidad ante los ojos de sus ciudadanos. Esta estrategia casaba muy bien con
nuestra manera de ser como nación. Los países como el nuestro, organizados
socialmente sobre la base de unas poderosísimas corrientes étnicas, religiosas
o culturales y con frecuencia dotadas de unas potentes fuerzas de seguridad,
son mucho más resistentes a las vacilaciones de la opinión pública que las
pluralistas democracias occidentales.
Nuestra
estrategia fue hacer una guerra tan psicológicamente costosa para los
ciudadanos occidentales que sus gobiernos perdieran la voluntad de vencer. Para
hacer eso, por supuesto que no nos considerábamos obligados a seguir las
decadentes y restrictivas ideas occidentales sobre legalidad y moralidad. Lo
que ellos llaman ‘Leyes de la Guerra’ o ‘Derecho Humanitario de los Conflictos
Armados’ fue concebido para mantener a nuestra gente en la opresión desde la I
Guerra Mundial. Además, este tipo de leyes no ha sido nunca disuasivo porque no
ha existido la convicción profunda de hacerlas cumplir hasta sus últimas
consecuencias.
La
revolución tecnológica, por tanto, no hizo a la guerra menos cruenta; la guerra
nunca fue el intercambio, caballeresco e inocuo, de ondas electromagnéticas que
algunos habían pronosticado. Por el contrario, con nuestra estrategia se
convirtió en mucho más brutal que nunca, por lo menos a los ojos de los
ciudadanos occidentales que ahora eran capaces, desde sus casas, de meterse
dentro del campo de batalla, gracias a los nuevos sistemas de comunicaciones
utilizados por las agencias de noticias. Las familias, desde el sofá de su sala
de TV podían ver y escuchar en directo, cómo sus seres queridos morían en los
combates.
El horror de
tales experiencias hizo saltar por los aires las predicciones que habían hecho
los entusiastas ciber-profetas sobre los conflictos ‘no- letales’ o
‘quirúrgicos’ que se avecinaban. Esperábamos que los occidentales llevarían a
cabo esta supuesta ‘guerra sin sangre’, asaltándonos desde gran distancia con
sus ciber-armas. Teníamos claro que no podríamos parar sus sofisticadas
máquinas aéreas y que éstas serían capaces de golpear en cualquier punto de
nuestra geografía. Los ataques aéreos capaces de colapsar los servicios
públicos de una nación es posible que puedan disuadir a pueblos como ellos,
pero jamás a nuestro pueblo, acostumbrado, como está, a los mayores
sufrimientos y penalidades.
Tratando de
buscar una manera eficaz de proteger nuestras instalaciones más valiosas,
examinamos de nuevo la historia y encontramos el ejemplo del conflicto de
Bosnia en los 90, cuando las tropas servias contuvieron con éxito el poder
aéreo de la OTAN utilizando observadores de la ONU como escudos humanos.
Por
tanto, la toma de rehenes se convirtió en elemento fundamental de nuestra
doctrina militar y de esa forma, mostrándolos descaradamente ante la prensa y
la TV mundial, encadenamos a los prisioneros a instalaciones vitales, tanques,
vehículos militares e incluso los hicimos subir a nuestros aviones de
transporte y helicópteros.
Puesto que
éramos conscientes de que los enormes prejuicios morales de la cultura
occidental complicarían extraordinariamente sus esfuerzos para atacarnos,
integramos totalmente nuestra
infraestructura militar dentro de áreas civiles. De esa forma, enterramos
nuestros centros logísticos y de mando y control debajo de escuelas,
hospitales, bloques de viviendas e incluso en lugares religiosos o campos de
prisioneros.
Constantemente buscábamos nuevas
e imaginativas maneras de transformar nuestras debilidades tecnológicas en
potencialidades decisivas. Con material y expertos de países hostiles a los
occidentales y con la ayuda de mafias de la antigua Unión Soviética, fuimos
capaces de construir una bomba nuclear en el año 2.010. Sin embargo, en ese
momento todavía no disponíamos de un vector de lanzamiento capaz de sobrepasar
el sistema de defensa de misiles de teatro que los americanos ponían a
disposición de las potencias occidentales. Pero al fin encontramos una manera
de utilizar nuestra arma nuclear contra nuestros enemigos. Veo en muchos de
vosotros caras de sorpresa. Sí es verdad, nuestra Gran Ciudad fue destruida por
un ataque atómico que mató a 30.000 de los nuestros. Pero amigos míos, no fue
un arma occidental la que explotó. ¡Fue la nuestra!.
Lo
explicaré. En una cultura de guerreros, nada resulta más glorioso que morir en
la batalla. Para nosotros, como para otras gentes no occidentales, el martirio
y la autoinmolación son valores culturales más importantes que la propia vida.
Por eso proporcionamos a nuestra propia gente el honor de morir por la Causa.
Inmediatamente después del comienzo de la guerra, colocamos un artefacto
nuclear en nuestra Ciudad, escondido en una ambulancia (protegida, por
supuesto, de los ataques aéreos por su cruz roja pintada en el techo). Después,
indujimos a los occidentales a atacarnos ya que construimos una planta de
productos para la guerra química y bacteriológica, justo en el corazón de
nuestra Ciudad y de tal manera que fuera relativamente fácil, para sus
satélites espías, el descubrirla. Les dimos la oportunidad a algunos
periodistas elegidos de que retransmitieran en directo el raid aéreo. En el
momento en que los occidentales lanzaron sus primeras bombas, hicimos explotar
secretamente nuestro artefacto nuclear.
La
espectacular seta atómica arrasó todo lo que existía a muchos kilómetros a la
redonda y causó el horror de los cientos de millones de personas que estaban
contemplando el espectáculo en directo a través de la TV.
La reacción
mundial lo que se pensaba que era el uso, tras Hiroshima y Nagasaki, de la tercera
bomba atómica, fue una condena universal. Los japoneses estaban especialmente
furiosos. No solamente abandonaron la alianza contra nosotros, sino que
empezaron sistemáticamente a desinvertir billones de dólares y euros de la
Reserva Federal Americana y del Banco Central Europeo. Los mercados económicos
fueron víctimas del pánico y la economía occidental cayó en el más profundo
caos. Muchos otros miembros de la comunidad internacional se volvieron también
contra los occidentales.
Por
supuesto, la Coalición se declaró inocente. Pero pocos la creyeron. Incluso los
propios ciudadanos occidentales desconfiaron de sus gobiernos. Como
consecuencia, las disensiones políticas entre los estados occidentales
empezaron a producirse y nosotros aprovechamos la oportunidad para inflamar la
polémica. Comunicamos a la prensa que tomaríamos represalias por el ataque
nuclear con los prisioneros de guerra. Como todos sabéis, esta fue la primera
gran guerra en la que participaron gran cantidad de combatientes femeninos. Para
llevar a cabo nuestro plan, capturamos a unos cuantos centenares de estas
soldados. Sus familias y conciudadanos occidentales quedaron estupefactos con
lo que hicimos a continuación: nuestras Brigadas Negras violaron a las
prisioneras, amputaron sus pechos y quemaron sus caras con ácido. Aunque las
hicimos sufrir horriblemente, tuvimos mucho cuidado de que no murieran. Les
dijimos al mundo que nuestras mujeres habían sufrido también mucho en la
catástrofe atómica. Nosotros nos postulamos como víctimas nucleares y ganamos
la simpatía de muchos ciudadanos de todo el mundo, a pesar de los actos
horribles que cometimos contra sus prisioneros.
A
continuación devolvimos a los prisioneros a sus países de origen, en lo que
nosotros ‘vendimos’ como ‘gesto humanitario’. Convertimos la repatriación en un
‘circo de medios’; de ninguna manera tratamos de ocultar lo que habíamos hecho
con las prisioneras, incluso lo anunciamos con vídeos en Internet como un aviso
de lo que podía suceder en el futuro. Familiares horrorizados veían regresar a
sus hijas, hermanas o esposas en silla de ruedas, horriblemente mutiladas,
gritando su agonía y reclamaban la vuelta de las que quedaban en el frente.
Pero en el 2.014 las mujeres representaban el 40% de los efectivos militares,
de tal manera que su retirada de las zonas de combate supuso una disminución
muy importante de las capacidades de los occidentales.
Pero aunque
el éxito nos acompañó en esta estrategia, nuestro gran objetivo era atacar el
corazón de Europa y Estados Unidos. Sabíamos, sin embargo, que un ciber-ataque
directo no produciría la clase de daños necesarios para derrotarlos. Siguiendo
la estrategia indirecta de Liddel Hart, concentramos nuestros esfuerzos en sus
vecinos ‘pobres’, Méjico y algunos países mediterráneos del norte de África
como Marruecos y Argelia. Las economías de estos ‘países pobres’, en esa época,
también dependían de los ordenadores pero los sistemas no estaban tan
protegidos como los occidentales. Nuestros hackers fueron capaces de
corromperlos de forma masiva. Finalmente nuestros agentes clandestinos en estos
países reavivaron algunos de sus conflictos internos como el de Chiapas en
Méjico o el del Sahara en el Norte de África.
Los efectos
sinérgicos de estas estrategias fueron devastadores. Los gobiernos de éstos
países entraron en profundas crisis y sus economías se desintegraron llevando a
los ciudadanos al paro y a la miseria. Millones de emigrantes mejicanos y norteafricanos invadieron los Estados
Unidos y Europa, respectivamente. Los ciudadanos occidentales reclamaban el uso
de la fuerza militar para controlar el flujo de inmigrantes y criticaban que
los soldados estuvieran a cientos
de kilómetros de distancia cuando la crisis estaba en su propia casa. Nuestros
planes, gracias al Altísimo, funcionaron perfectamente.
La
búsqueda constante de otras maneras ‘baratas’ de atacar a los occidentales nos
llevó a la guerra contra su medio ambiente. Empezamos con su agricultura porque
era un blanco muy fácil ya que, como es lógico, no se sentía objetivo de ningún
ataque. Esparcimos grandes cantidades de larvas de las moscas mediterránea,
pulgones, hongos, tizones y royas sobre cultivos. De la misma forma, inoculamos
secretamente la ganadería con enfermedades altamente contagiosas que hacían
letal el consumo de su carne.
Nos
jactábamos ante el mundo de ser los responsables de estos actos de ‘guerra’ que
no de ‘terrorismos’, asombrando a los occidentales con nuestro salvajismo
extremo. Estos no podían disfrutar de una comida, pasear por un parque, descansar
en una playa e incluso respirar el aire de sus ciudades sin preguntarse si
serían las próximas víctimas de otro de nuestros ataques suicidas.
Vosotros
sabéis el resto, amigos míos. Aunque nunca fuimos capaces de derrotar a los
occidentales en el campo de batalla, sí les infligimos tal daño moral y
psíquico que pronto solicitaron unas conversaciones de paz. Con su economía en
ruinas, sus fronteras amenazadas por cientos de miles de inmigrantes, sus
ciudadanos desmoralizados, el descontento civil hasta en el último rincón de
sus territorios, no fueron capaces de continuar.
De los muchos errores que los occidentales cometieron algunos se hicieron claramente evidentes a lo largo de nuestra contienda; por ejemplo: asumieron como hecho incuestionable el que la ‘revolución tecnológica’ sólo favorecería a las naciones avanzadas; no consideraron que otros países con valores y filosofías completamente diferentes a las occidentales también podían vencer en una guerra de la era de la información. A pesar de lo que muchos expertos en estrategia habían pronosticado durante los años 90s, la ciber-ciencia no puede eliminar la crueldad inherente a los conflictos entre seres humanos. Le enseñamos a los occidentales que ningún ordenador puede enfrentarse en el campo de batalla a una simple bayoneta empuñada por un fanático. Así, amigos míos, estas son las consecuencias últimas de la ‘revolución tecnológica militar’ que tantos adeptos consiguió entre los militares cegados por la técnica de finales del siglo XX. ¡Demos gracias al Altísimo!
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