El Arte de Amar
-RESUMEN
DEL LIBRO-
Erich
Fromm
En muchos individuos que nos pueden aliviar de otras maneras el estado separación, la búsqueda del orgasmo asume un carácter que o asemeja bastante al alcoholismo o la aflicción a las drogas. Se convierte en un desesperado intento de escapar a la angustia que engendra la separatividad y provoca una sensación cada vez mayor de separación, puesto que el acto sexual sin amor nunca elimina el abismo que existe entre dos seres humanos, excepto en forma momentánea.
Ante todo, sea
bienvenido a esta página.
En contraste con la unión simbiótica, el amor
maduro significa unión a condición de presentar la propia
integridad, la propia individualidad. El amor es un poder activo en
el hombre; un poder que atraviesa las barreras que separan al
hombre de sus semejantes y lo une a los demás; el amor lo capacita para superar
su sentimiento de aislamiento y separatividad. En el amor se da la paradoja de
dos seres que se convierten en uno y, no obstante, siguen siendo dos.
El amor es la preocupación activa por la vida y el
crecimiento de lo que amamos.
Cuando falta tal preocupación activa, no hay amor. La esencia del amor es
"trabajar" por algo y "hacer crecer" El amor y el trabajo
son inseparables. Se ama aquello por lo que se trabaja, y se trabaja por lo que
se ama.
El cuidado y la preocupación implican otro aspecto
del amor: el de la responsabilidad. Hoy en día suele usarse ese
término para denotar un deber, algo impuesto desde el exterior. Pero la
responsabilidad, en su verdadero sentido, es un acto enteramente voluntario,
constituye mi respuesta a las necesidades, expresadas o no, de otro ser humano.
Ser "responsable" significa estar listo y dispuesto a
"responder". Jonás no se sentía responsable ante los habitantes de
Nínive. El, como Caín, podía preguntar: ¿Soy yo el guardián de mi hermano?. La
persona que ama responde, La vida de su hermano no es solo asunto de su
hermano, sino propio. Siéntese tan responsable por sus semejantes como por si
mismo. Tal responsabilidad, en el caso de la madre y su hijo, atañe
principalmente al cuidado de las necesidades físicas. En el amor entre adultos,
a las necesidades síquicas de la otra persona.
La responsabilidad podría degenerar fácilmente en
dominación y posesividad, si no fuera por un tercer componente del amor, el respeto.
Respeto no significa temor y sumisa reverencia; denota, de acuerdo con la raíz
de la palabra (respicere = mirar), la capacidad de ver a una persona tal
cual es, tener conciencia de su individualidad única. Respetar significa
preocuparse por que la otra persona crezca y se desarrolle tal como es. De ese
modo, el respeto implica la ausencia de explotación. Quiero que la persona
amada crezca y se desarrolle por si misma, en la forma que les es propia, y no
para servirme. Si amo a la otra persona, me siento uno con ella, pero con ella
tal cual es, no como yo necesito que sea, como un objeto para mi uso. Es obvio
que el respeto sólo es posible si yo he alcanzado independencia; si
puedo caminar sin muletas, sin tener que dominar o explotar a nadie. El respeto
sólo existe sobre la base de la libertad: "l´amour est l’enfant de la
liberté", dice una vieja canción francesa; el amor es hijo de la libertad,
nunca de la dominación.
Respetar a una persona sin conocerla, no es
posible; el cuidado y la
responsabilidad serían ciegos si no los guiara el conocimiento. Hay muchos
niveles de conocimiento; el que constituye un aspecto del amor no se detiene en
la periferia, sino que penetra hasta el meollo. Sólo es posible cuando puedo
trascender la preocupación por mi mismo y ver a al otra persona en sus propios
términos. Pero el conocimiento tiene otra relación, más fundamental, con el
problema del amor. La necesidad básica de fundirse con otra persona para
trascender de ese modo la prisión de la propia separatividad se vincula, de
modo íntimo, con otro deseo específicamente humano, el de conocer el
"secreto del hombre". Si bien la vida en sus aspectos meramente
biológicos es un milagro y un secreto, el hombre, en sus aspectos humanos, es
un impenetrable secreto para sí mismo –y para sus semejantes-. Nos conocemos y,
a pesar de todos los esfuerzos que podamos realizar, no nos conocemos.
Conocemos a nuestros semejantes y, sin embargo, no los conocemos, porque no
somos una cosa, y tampoco lo son nuestros semejantes. Cuanto más avanzamos
hacia las profundidades de nuestro ser, o el ser de los otros, más nos elude la
meta del conocimiento. Sin embargo, no podemos dejar de sentir el deseo de
penetrar en el secreto del alma humana, en el núcleo más profundo que es
"él". La crueldad misma está motivada por algo más profundo: el deseo
de conocer el secreto de las cosas y de la vida. Otro camino para conocer
"el secreto" es el amor. El amor es la penetración activa en la otra
persona, en la que la unión satisface mi deseo de conocer. En el acto de fusión,
te conozco, me conozco a mi mismo, conozco a todos –y no "conozco"
nada-. Conozco de la única manera en que el conocimiento de lo que está vivo le
es posible al hombre –por la experiencia de la unión- no mediante algún
conocimiento proporcionado por nuestro pensamiento. La única forma de alcanzar
el conocimiento total consiste en el acto de amar: ese acto trasciende el
pensamiento, trasciende las palabras. Es una zambullida temeraria en la
experiencia de la unión. Sin embargo, el conocimiento del pensamiento, es
decir, el conocimiento psicológico, es una condición necesaria para el pleno
conocimiento en el acto de amar. Tengo que conocer a la otra persona y a mi
mismo objetivamente, para poder ver su realidad, o más bien, para dejar de lado
las ilusiones, mi imagen irracionalmente deformada de ella. Sólo conociendo
objetivamente a un ser humano, puedo conocerlo en su esencia, en el acto de
amar. El problema de conocer al hombre es paralelo al problema religioso de
conocer a Dios. En la tecnología occidental convencional se intenta conocer a
Dios por medio del pensamiento, de afirmaciones acerca de Dios. Se
supone que puedo conocer a Dios en mi pensamiento. En el misticismo, que es el
resultado del monoteísmo, se renuncia al intento de conocer por medio del
pensamiento, y se lo reemplaza por la experiencia de la unión con Dios, en la
que ya no hay lugar para el conocimiento acerca de Dios, ni tal
conocimiento es necesario. La experiencia de la unión, con el hombre o, desde
un punto de vista religioso, con Dios, no es en modo alguno irracional. Por el
contrario, y como lo señaló Albert Schwetzer, es la consecuencia del
racionalismo, su consecuencia más audaz y radical. Se basa en nuestro
conocimiento de las limitaciones fundamentales, y no accidentales, de nuestro
conocimiento. Es el conocimiento de que nunca "captaremos" el secreto
del hombre y del universo, pero que podemos conocerlos, sin embargo, en el acto
de amar.
Cuidado, responsabilidad, respeto y conocimiento
son mutuamente interdependientes.
El amor
infantil sigue el principio: "Amo porque me aman". El
amor maduro obedece al principio: "Me aman porque amo".
El amor inmaduro dice: "Te amo porque te necesito". El
amor maduro dice: "Te necesito porque te amo".
La clase más fundamental de amor, básica en todos
los tipos de amor, es el amor fraternal. Por él se entiende el
sentido de responsabilidad, cuidado, respeto y conocimiento con respecto a
cualquier otro ser humano, el deseo de promover su vida. Si he desarrollado la
capacidad de amar, no puedo dejar de amar a mis hermanos. En el amor fraternal
se realiza la experiencia de unión con todos los hombres, de solidaridad
humana, de reparación humana. El amor fraternal se basa en la experiencia de
que todos somos uno. Las diferencias en talento, inteligencia, conocimiento,
son despreciables en comparación con la identidad de la esencia humana común a
todos los hombres. Para experimentar dicha identidad es necesario penetrar
desde la periferia hacia el núcleo. Si percibo en otra persona nada más que lo
superficial, percibo principalmente las diferencias, lo que nos separa. Si
penetro hasta el núcleo, percibo nuestra identidad, el hecho de nuestra
humanidad. Una mujer sólo puede ser una madre verdaderamente amante si puede amar;
amar a su esposo, a otros niños, a los extraños, a todos los seres humanos. La
mujer que no es capaz de amar en ese sentido, puede ser una madre afectuosa
mientras su hijo es pequeño, pero no será una madre amante, y la prueba de ello
es la voluntad de aceptar la separación –y aún después de la separación seguir
amando-.
El amor erótico es el
anhelo de fusión completa, de unión con una única otra persona. Por su propia
naturaleza, es exclusivo y no universal; es también, quizá, la forma de amor
más engañosa que existe. En primer lugar, se lo confunde fácilmente con la
experiencia explosiva de "enamorarse", el súbito derrumbe de las
barreras que existían hasta ese momento entre dos desconocidos. Pero, como
señalamos antes, tal experiencia de repentina intimidad es, por su misma naturaleza,
de corta duración. Cuando el desconocido se ha convertido en una persona
íntimamente conocida, ya no hay más barreras que superar, ningún súbito
acercamiento que lograr. Se llega a conocer a la persona "amada" tan
bien como a uno mismo. O quizá, sería mejor decir tan poco. Si la experiencia
de la otra persona fuera más profunda, si se pudiera experimentar la infinitud
de su personalidad, nunca nos resultaría tan familiar y el milagro de salvar
las barreras podría renovarse a diario. El resultado es que se trata de
encontrar amor en la relación con otra persona, con un nuevo desconocido. Este
se transforma nuevamente en una persona "íntima", la experiencia de
enamorarse vuelve a ser estimulante e intensa, para tornarse otra vez menos y
menos intensa, y concluye en el deseo de una nueva conquista, un nuevo amor,
siempre con la ilusión de que el nuevo amor será distinto de los anteriores. El
deseo sexual puede ser estimulado por la angustia de la soledad, por el deseo
de conquistar o de ser conquistado, por la vanidad, por el deseo de herir y aún
de destruir, tanto como por el amor. Parecería que cualquier emoción intensa,
el amor entre otras, puede estimular y fundirse con el deseo sexual. Como la
mayoría de la gente une el deseo sexual a la idea del amor, con facilidad
incurre en el error de creer que se ama cuando se desea físicamente. El amor
puede inspirar el deseo de la unión sexual; en tal caso, la relación física
hallase libre de avidez, del deseo de conquistar o ser conquistado, pero está
fundido con la ternura. Si el deseo de unión física no está estimulado por el
amor, si el amor erótico no es a la vez amor fraterno, jamás conduce a la unión
salvo en un sentido orgiástico y transitorio. La atracción sexual crea, por un
momento, la ilusión de la unión, pero, sin amor, tal "unión" deja a
los desconocidos tan separados como antes. El amor erótico es exclusivo, pero
ama en la otra persona a toda la humanidad, a todo lo que vive. Es exclusivo
sólo en el sentido de que puedo fundirme plena e intensamente con una sola
persona. El amor erótico excluye el amor por los demás sólo en el sentido de la
fusión erótica, de un compromiso total en todos los aspectos de la vida, pero
no en el sentido de un amor fraterno profundo. El amor erótico, si es amor,
tiene una premisa. Amar desde la esencia del ser y vivenciar a la otra persona
en la esencia de su ser. Amar a alguien no es meramente un sentimiento
poderoso, es una decisión, es un juicio, es una promesa-. Si el amor no fuera
más que un sentimiento, no existirían bases para la promesa de amarse
eternamente. Un sentimiento comienza y puede desaparecer. ¿Cómo puedo yo juzgar
que durará eternamente, si mi acto no implica juicio y decisión?.
En su búsqueda de la unidad más allá de la
multiplicidad, los pensadores
brahmánicos llegaron a la conclusión de que el par de opuestos que se percibe
no refleja la naturaleza de las cosas, sino de la mente percipiente. El
pensamiento percipiente debe trascenderse a sí mismo para alcanzar la verdadera
realidad. La oposición es una categoría de la mente humana, no un
elemento de la realidad. En el Rig-Veda, el principio se expresa en la
siguiente forma: "Yo soy los dos, la fuerza vital y el material vital, los
dos a la vez". Los maestros de la lógica paradójica afirman que el hombre
puede percibir la realidad sólo en contradicciones y que su pensamiento
es incapaz de captar la realidad-unidad esencial, lo Uno mismo. Ello trajo como
consecuencia que no aspira como finalidad última a descubrir la respuesta en el
pensamiento. Este sólo nos dice que no puede darnos la última respuesta.
El mundo del pensamiento permanece envuelto en la paradoja. La única forma como
puede captarse el mundo en su esencia reside, no en el pensamiento, sino en el
acto, en la experiencia de unidad.