El Arte de la Estrategia
El Arte de la Prudencia
Baltasar Gracián
La feroz competitividad que experimentamos a diario en la vida y en el trabajo nos sitúan a menudo en un entorno agresivo al que no hay mas remedio que combatir, y que si conseguimos conquistar podemos utilizar en nuestro provecho. Poseer una sabiduría práctica nos puede proporcionar la prudencia y cautela necesarias para resolver con éxito cada uno de los retos que se nos presentan. Esta página, por su carácter práctico, específico y a la vez moderno y universal constituye la mejor ayuda para el hombre y la mujer de hoy que quieren afrontar los desafíos con pericia y determinación. El libro completo "Oráculo manual y el Arte de la Prudencia", consta de 300 sentencias comentadas. En esta página sólo se han incluido las 101 primeras, ya que "lo bueno, si breve, dos veces bueno".
1 al 10
1. Hoy todo ha logrado la
perfección, pero ser una auténtica persona es
la mayor. Más se precisa hoy para ser sabio que antiguamente para formar siete,
y más se necesita para tratar con un solo hombre en estos tiempos que con todo
un pueblo en el pasado.
2. Carácter e inteligencia: los dos polos para lucir las cualidades; uno sin otro es media
buena suerte. No basta ser inteligente, se precisa la predisposición del
carácter. La mala suerte del necio es errar la vocación en el estado, la
ocupación, la vecindad y los amigos.
3. Manejar los asuntos con
expectación. Los aciertos adquieren valor por
la admiración que provoca la novedad. Jugar a juego descubierto ni gusta ni es
útil. No descubrirse inmediatamente produce curiosidad: especialmente cuando el
puesto es importante surge la expectación general. El misterio en todo, por su
mismo secreto, provoca veneración. Incluso al darse a entender se debe huir de
la franqueza. El silencio recatado es el refugio de la cordura.
4. El saber y el valor contribuye
conjuntamente a la grandeza. Hace al hombre
inmortal porque ellos lo son. Tanto es uno cuanto sabe, y el sabio todo lo
puede. Un hombre sin conocimientos es un mundo a oscuras. Es necesario tener
ojos y manos, es decir juicio y fortaleza. Sin valor es estéril la sabiduría.
5. Hacerse indispensable. No hace sagrada la imagen el que la pinta y adorna, sino el que
la adora. El sagaz prefiere los que le necesitan a los que dan las gracias. La
esperanza cortés tiene buena memoria, pero el agradecimiento vulgar es
olvidadizo y es un error confiar en él.
6. Estar en la cima de la
perfección. No se nace hecho. Cada día uno se
va perfeccionando en lo personal y en lo laboral, hasta llegar al punto más
alto, a la plenitud de cualidades, a la eminencia. Algunos nunca llegan a ser
cabales, siempre les falta algo; otros tardan en hacerse.
7. Evitar las victorias sobre el
jefe. Toda derrota es odiosa, y si es
sobre el jefe o es necia o es fatal. Siempre fue odiada la superioridad, y más
por los superiores. Será fácil hallar quien quiera ceder en éxito y en carácter,
pero no en inteligencia, y mucho menos un superior. A los jefes les gusta ser
ayudados, pero no excedidos.
8. No apasionarse: la señal del más elevado espíritu. Su misma superioridad le
libra de la esclavitud a las impresiones pasajeras y comunes. No hay mayor
señorío que el de sí mismo, de las propias pasiones. Es el triunfo de la
voluntad. Y si la pasión puede afectar a lo personal, nunca alcance lo laboral,
y menos aún cuanto mayor sea. Esta es la forma inteligente ahorrar disgustos y
de lograr reputación pronto y fácilmente.
9. Eludir los defectos de su nación. Ninguna nación se escapa de algún defecto innato, incluso la más
culta, defecto que censuran los Estados vecinos como cautela o como consuelo.
Corregir, o por lo menos disimular, estos efectos es un triunfo; con ello se
consigue el crédito de único entre los suyos, pues siempre se estima más lo que
menos se espera.
10. Fortuna y fama. Lo que tiene de inconstancia la una, tiene de firmé la otra. La
primera sirve para vivir, la segunda para después; aquella actúa contra la
envidia, ésta contra el olvido.
11 al 20
11. Tratar con quien se pueda
aprender. El trato amigable debe ser una
escuela de erudición, es y la conversación una enseñanza culta. El prudente
frecuenta las casas de los hombres eminentes. Hay que complementar lo útil del
aprendizaje con lo gustoso de la conversación.
12. Naturaleza y arte, materia y
elaboración. No hay belleza sin ayuda, ni
perfección que no parezca bárbara sin la participación del arte: socorre lo
malo y perfecciona lo bueno. Todo hombre parece tosco sin el arte. Es necesario
pulirse para alcanzar la perfección.
13. Obrar con intención, con
primera y con segunda intención. La vida del
hombre es milicia contra la malicia del hombre: la sagacidad pelea con
estratagemas de mala intención. Nunca hace lo que indica: apunta, si, para
despistar; se insinúa con destreza y disimulo; y actúa en la inesperada
realidad, atenta siempre a confundir. Deja caer una intención para tranquilizar
la atención ajena, y gira inmediatamente contra ella, venciendo por lo
impensado.
14. El fondo y la forma. No basta la sustancia, también se necesita la circunstancia. Los
malos modos todo lo corrompen, hasta la justicia y la razón. Los buenos todo lo
remedian: doran el no, endulzan la verdad y hermosean la misma vejez. En las
cosas tiene gran parte el cómo.
15. Tener inteligencias auxiliares. Es una gran suerte de los poderosos acompañarse de hombres de
gran entendimiento que les saquen de todos los problemas causados por la
ignorancia y que incluso peleen por ellos las luchas más difíciles. El que no
pudiera alcanzar a tener la sabiduría en servidumbre, que la alcance en la
amistad.
16. Saber con recta intención garantiza la abundancia de aciertos. Un buen entendimiento casado
con una mala voluntad fue siempre una violación monstruosa.
17. Variar de estilo al actuar. No obrar siempre igual. Así se confunde a los demás,
especialmente si son competidores. No hay que obrar siempre de primera
intención, pues nos captarán la rutina y se anticiparán y frustrarán las
acciones. Tampoco hay que actuar siempre de segunda intención, pues entenderán
la treta cuando se repita.
18. Aplicación y capacidad. No hay eminencia sin ambas, y si concurren, la eminencia es aún mayor.
Es mejor conseguir una medianía con aplicación que una superioridad sin ella.
La reputación se compra con trabajo: poco vale lo que poco cuesta.
19. No comenzar con demasiada
expectación. Es un chasco frecuente ver que
todo lo que recibe muchos elogios antes de que ocurra no llegará después a la
altura esperada. Lo real nunca puede alcanzar a lo imaginado, porque imaginarse
las perfecciones es fácil, pero es muy difícil conseguirlas.
20. Ser hombre de su época. Los hombres de rara eminencia dependen de la época en que viven.
Las cosas tienen su tiempo; incluso las eminencias dependen del gusto de su
época. Pero la sabiduría lleva ventaja: es eterna, y si éste no es su tiempo lo
serán otros muchos.
21 al 30
21. El arte de la suerte. La buena suerte tiene sus reglas; no todo son casualidades para
el sabio; el esfuerzo puede ayudar a la buena suerte. Si bien se piensa, no hay
otro camino sino el de la virtud y la prudencia, porque no hay más buena ni
mala suerte que la prudencia o la imprudencia.
22. Ser hombre agradable y jugosa
conversación. La munición de los discretos es
la galante y gustosa erudición, es decir, un saber práctico de todas las cosas
corrientes, más inclinado a lo gustoso y elevado que a lo vulgar. Es
conveniente tener una buena reserva de frases ingeniosas y comportamientos
galantes y saberlos emplear en el momento recuadro. Más le valió a algunos la
sabiduría que se comunica en el trato social que todos los conocimientos
académicos.
23. No tener un defecto. Es nuestro destino tener defectos. Pocos viven sin ellos, tanto
en lo moral como en el carácter. Sería una gran habilidad convertirlos en
motivo de estimación. César supo cubrir de laureles su calvicie.
24. Moderar la imaginación es el
todo para la felicidad. Unas veces hay que
refrenarla y otras ayudarla: el buen sentido la ajusta.
25. Ser buen entendedor. Saber razonar era la más elevada de las artes; ya no es
suficiente: ahora es necesario adivinar, y más en asuntos que pueden
decepcionar. No puede ser entendido el que no sea buen entendedor. Las verdades
que más nos importan vienen siempre a medio decir. El prudente debe saber
entenderlas: resuena la credulidad en las cosas favorables y la estimula en las
odiosas.
26. Encontrar el punto débil de
cada uno. Este es el arte de mover las
voluntades. Es más una destreza que determinación. Es saber por dónde se ha de
entrar a cada uno. Primero hay que conocer el carácter, después tocar el punto
débil, insistir en él, pues infaliblemente se quedará sin voluntad.
27. Mejor lo intenso que lo extenso. La perfección no consiste en la cantidad, sino en la calidad.
Todo lo muy bueno fue siempre poco y raro: usar mucho lo bueno es abusar.
28. No ser vulgar en nada. No serlo en el gusto. Los hartazgos de aplauso popular no
satisfacen a los discretos. El vulgo admira la necedad común y rechaza el
consejo excelente.
29. Tener entereza. Hay que estar siempre de parte de la razón, con tal decisión que
ni la pasión del vulgo ni la fuerza de la violencia obliguen jamás a pisar la
raya de la razón
30. No dedicarse a ocupaciones
desacreditadas. Sólo se obtiene desprecio y no
renombre. Las sectas del capricho son muchas y el hombre cuerdo debe huir de
todas ellas. Hay gustos exóticos que siempre se casan con todo aquello que los
sabios repudian.
31 al 40
31. Conocer a los afortunados, para
escogerlos, y a los desdichados, para rechazarlos. La mala suerte es, con frecuencia, culpa de la estupidez y no
hay contagio más pegadizo para los próximos al desdichado. Nunca se debe abrir
la puerta al menor mal, pues siempre venderán tras el, a escondidas, otros
mucho y mayores. En la duda lo mejor es acercarse a los sabios y prudentes,
pues tarde o temprano dan con la buena suerte.
32. Tener fama de complaciente. Es fundamental para que gusten los que gobiernan; es una
excelente calidad para que los soberanos obtengan la gracia de todos. Esta es
la ventaja de mandar: poder hacer más bien que todos los demás.
33. Saber apartarse. Es una gran lección de la vida el saber negar, jamás pero lo es
mayor el negarse uno mismo, tanto en los negocios como en el trato personal.
Peor es ocuparse de lo inútil que no hacer nada. Para ser prudente no basta no
ser entrometido: hay que procurar que no te entrometan.
34. Conocer su mejor cualidad. Hay que cultivar la cualidad más relevante y ayudar a las demás.
Cualquiera habría triunfado si hubiera conocido su mejor cualidad. Lo que la
pasión exalta con rapidez, tarde lo desengaña el tiempo.
35. Sopesar las cosas. Más las que más importa. Algunos hacen mucho caso de lo que
importa poco y poco de lo que importa mucho, sopesando siempre al revés. El
sabio todo lo sopesa, aunque ahonda especialmente donde hay profundidad y
dificultades y dónde cree que a veces hay más de lo que piensa.
36. Tantear su suerte para actuar, para comprometerse. Es un gran arte saber gobernar la suerte,
esperándola (pues también cabe la espera en ella) u obteniéndola (pues tiene
turno favorable y oportuno). Pero su comportamiento es tan anómalo que no se
puede entender del todo. Quien la encontró favorable, prosiga con atrevimiento,
pues suele apasionarse por los audaces y, como mujer deslumbrante que es, por
los jóvenes.
37. Conocer las insinuaciones y
saber usarlas. Es el punto más sutil del trato
humano. Se usan para probar los ánimos y, de la manera más disimulada y
penetrante, el corazón.
38. Saber retirarse cuando se está
ganando. Es lo que hace los jugadores
profesionales. Tan importante es una lúcida retirada como un ataque esforzado.
Hay que poner a salvo los éxitos cuando hubiera bastantes, incluso cuando
fueran muchos. Un éxito continuado fue siempre sospechoso; es más segura la
buena fortuna alterna. La fortuna se cansa de llevar a uno a cuestas durante
mucho tiempo.
39. Conocer cuando las cosas están
en su punto, en su sazón, y saberlos disfrutar. Todas las obras de la naturaleza llegan al colmo de su
perfección: hasta allí fueron ganando, desde allí irán perdiendo.
40. Don de gentes. Conseguir la admiración general es mucho, pero es más ganar el
afecto. La cortesía es el mayor embrujo político de los grandes personajes.
Primero hechos y después palabras.
41 al 50
41. Nunca exagerar. Es importante para la prudencia no hablar con superlativos, para
no faltar a la verdad y para no deslucir la propia cordura. Las exageraciones
son despilfarros de estima y dan indicio de escasez de conocimiento y gusto. La
alabanza despierta vivamente la curiosidad, excita el deseo. Después, si no se
corresponde el valor con el precio, como sucede con frecuencia, la expectación
se vuelve contra el engaño y se desquita con el desprecio de lo elogiado y del
que elogio.
42. La natural capacidad de mando. Es una secreta fuente de superioridad. No debe proceder de un
enfadoso artificio, sino de una naturaleza imperiosa.
43. Sentir con los menos y hablar
con los más. Querer ir contracorriente hace
imposible descubrir los engaños y es peligroso. Sólo Sócrates podía hacerlo. La
verdad es de pocos, pero el engaño es tan común como vulgar.
44. Simpatía con los grandes
hombres. Una cualidad de héroe es
concordar con los héroes. Esta simpatía es un prodigio de la naturaleza tanto
por lo oculto como por lo ventajoso. Existe un parentesco de corazones y de
caracteres. Sus efectos son los que la ignorancia vulgar atribuye a la magia.
45. Usar, y no abusar, de las
segundas intenciones. No se deben mostrar ni
dar a entender. Todo artificio se debe encubrir, pues es sospechoso, y más las
segundas intenciones, pues son odiosas. El engaño se usa mucho, por eso y para
evitar la desconfianza hay que multiplicar el recelo, sin mostrarlo. El recelo
distancia e invita a la venganza, despierta el mal que no se había imaginado.
46. Corregir su antipatía. Solemos aborrecer de modo gratuito, incluso antes de conocer las
supuestas cualidades. La cordura debe corregirlo, pues no hay peor descrédito
que aborrecer a los mejores.
47. Huir de los asuntos difíciles y
peligrosos. Es una de las primeras tareas de
la prudencia. Estos asuntos son tentaciones del juicio y es más seguro huirlas
que vencerlas.
48. Cuanto mayor fondo tiene el
hombre tanto tiene de persona. Como los
brillos interiores y profundos del diamante, lo interior del hombre siempre
debe valer el doble que lo exterior. Hay sujetos que sólo son fachada, como
casas sin acabar porque faltó caudal: tiene la entrada de palacio y de choza
las habitaciones. No hay en estos donde descansar, o todo descansa, porque tras
el saludo se acabó la conversación.
49. Ser hombre ocioso y observador. El manda en los objetos y no los objetos en el. Entiende y valora
la esencia de cualquiera con sólo verlo. Todo lo descubre, advierte, alcanza y
comprende.
50. Nunca perderse el respeto a sí
mismo. Es mejor que ni siquiera se
familiarice consigo mismo a solas. Su misma entereza debe ser la norma propia
de su rectitud.
51 al 60
51. Saber elegir. Vivir es saber elegir. Se necesita buen gusto y un juicio muy
recto, pues no son suficientes el estudio y la inteligencia. No hay perfección
donde no hay elección.
52. Nunca perder la compostura. La finalidad principal de la prudencia es no perder nunca la
compostura. Cualquier exceso de pasiones perjudica a la prudencia. Uno debe ser
tan dueño de sí que ni en la mayor prosperidad ni en la mayor adversidad nadie
pueda criticarle por haber perdido la compostura.
53. Ser diligente e inteligente. La diligencia hace con rapidez lo que la inteligencia ha pensado
con calma. La prisa es una pasión de necios: como no descubren el límite,
actúan sin reparo. Por el contrario, los sabios suelen pecar de lentos, pues
una mirada atenta obliga a detenerse.
54. Tener valor y prudencia. Hasta las líbrese atreven con el león muerto. Con el valor no hay
bromas. Si se cede en lo primero, también habrá que ceder en lo segundo, y así
hasta el final. Más daña la flaqueza del ánimo que la del cuerpo.
55. Saber esperar. Hacerlo demuestra un gran corazón, con más amplitud de
sufrimiento. Nunca apresurarse, nunca apasionarse. Si uno es señor de sí, lo
será después de los otros. La espera prudente sazona los aciertos y madura los
secretos pensamientos.
56. Tener buenas intromisiones. Nacen de una afortunada prontitud. Algunos piensan mucho para
después equivocarse en todo, mientras otros lo aciertan todo sin pensarlo
antes.
57. Más seguros con los reflexivos. Es suficientemente rápido lo que está bien. Lo que se hace
deprisa, deprisa se deshace. Lo que mucho vale, mucho cuesta. Lo que tiene que
durar una eternidad, debe tardar otra en hacerse.
58. Saber adaptarse. Uno no se debe mostrar igualmente inteligente con todos, ni se
deben emplear más fuerzas de las necesarias. Ni derroches de sabiduría ni de
méritos.
59. Salir con buen pie. Atención a los finales: hay que poner más cuidado en un final
feliz que en una aplaudida entrada. Es frecuente que los afortunados tengan muy
favorables comienzos y muy trágicos finales. Pocas veces acompaña la suerte a
los que salen: es educada con los que vienen y descortés con los que van.
60. Buen juicio. Algunos ya nacen prudentes. Con la edad y la experiencia la
razón madura cumplidamente.
61 al 70
61. Eminencia en lo mejor. Es una gran singularidad entre la pluralidad de perfecciones. No
puede haber hombre grande que no tenga alguna cualidad sublime. Las medianías
no son objeto de aplauso.
62. Contar con buenos colaboradores. Algunos quieren que su extremada perspicacia dominen sobre las
limitaciones de los colaboradores. Es una peligrosa satisfacción que merece un
castigo fatal.
63. La excelencia de ser el primero. Es una gran ventaja ser mano en el juego, pues gana en igualdad
de circunstancias. Algunos prefieren ser primeros en segunda categoría que ser
segundos en la primera.
64. Ahorrarse disgustos. Es útil y cuerdo ahorrarse disgustos. La prudencia evita muchos.
No hay que dar malas noticias.
65. Un gusto excelente. Se puede cultivar, igual que la inteligencia. La excelente
comprensión de las cosas refina el deseo y después aumenta el placer de
conseguirlas.
66. Cuidado para que salgan bien
las cosas. Algunos ponen el objetivo más en
una dirección rigurosa que en alcanzar el éxito. El que vence no necesita dar
explicaciones. La mayoría no percibe los detalles del procedimiento, sino los
buenos o malos resultados. Todo lo dora un buen final. La regla es ir contra
las reglas cuando no se puede conseguir de otro modo un resultado feliz.
67. Preferir las ocupaciones de
reconocido prestigio. Hay empleos expuestos a
la aclamación general, y hay otros, aunque más importantes, absolutamente
invisibles.
68. Hacer que comprendan. Es más importante que hacer recordar. Unas veces hay que
recordar y otras aconsejar.
69. No rendirse a los malos humores. El gran hombre nunca se sujeta a las variaciones anímicas.
Conocerse es empezar a corregirse.
70. Saber negar. No se debe conceder todo, ni a todos. Tanto importa saber negar
como saber conceder y pelos que mandan es una prudencia necesaria. Y aquí
interviene la forma: más se estima el no de algunos que el si de otros, porque
un no dorado satisface más que un si a secas. Es mejor que queden siempre
algunos restos de esperanza para que templen lo amargo de la negativa.
71 al 80
71. No ser desigual, de proceder
anómalo. El hombre prudente siempre fue el
mismo en todas sus buenas cualidades, que esto habla bien de su inteligencia.
72. Ser decidido. Menos daña la mala ejecución que la falta de decisión. No se
corrompen tanto las materias cuando corren como estancadas.
73. Saber usar evasivas. Es el recurso de los prudentes. Con la galantería de un donaire
suelen salir del más intrincado laberinto. Con una sonrisa se evita la
contienda más difícil. Cambiar de conversación es una treta cortés para decir
que no. No hay mayor discreción que no darse por enterado.
74. No ser intratable. Las verdaderas fieras están en las ciudades. Ser inaccesible es
vicio de los que se desconocen a sí mismos, los que con los honores cambian los
humores. Enfadar al principio no es camino para la estima. Para subir al puesto
agradaron a todos, y una vez en él se quieren desquitar enfadando a todos. Por
la ocupación deben tratar con muchos, pero por aspereza y arrogancia todos les
huyen. Para éstos el mejor castigo es dejarlos estar, apartando la prudencia
junto con el trato.
75. Elegir un modelo elevado, más
para superarlo que para imitarlo. Hay ejemplares
de grandeza y textos animados por la reputación. Propóngase como modelo, cada
uno en su ocupación, a los de más mérito, no tanto para seguirlos como para
adelantarlos. Alejandro lloró, no a Aquiles sepultado, sino a sí mismo cuando
aún no había llegado a la fama. No hay nada que excite más las ambiciones en el
ánimo como el clarín de la fama ajena. El mismo que abate la envidia alienta la
nobleza.
76. No estar siempre de broma. La prudencia se conoce en la seriedad, que está más acreditada
que el ingenio. El que siempre está de burlas no es hombre de veras. A éstos
los igualamos con los mentirosos al no creerlos; a los unos por recelo de la
mentira, a los otros de su burla. Nunca se sabe cuándo hablan con juicio, lo
que es tanto como no tenerlo. No hay mayor desaire que el continuo donaire.
Otros ganan fama de chistosos y pierden el crédito de prudentes. Lo jovial debe
tener su momento, y la seriedad todos los demás.
77. Saber adaptarse a todos. Es el gran arte de ganar a todos, porque la semejanza atrae la
simpatía. Observar los caracteres y ajustarse al de cada uno. Al serio y al
jovial seguirles la corriente, transformándose cortésmente. Es necesario para
los que dependen de otros. Esta gran destreza para vivir necesita una gran
capacidad.
78. Comenzar con pies de plomo. La Necedad siempre entra de rondón, pues todos los necios son
audaces. Su misma estupidez, que les impide primero advertir los
inconvenientes, después les quita el sentimiento de fracaso. Pero la Prudencia
entra con gran tiento. Sus batidores son la Observación y la Cautela; ellas van
abriendo camino para pasar sin peligro. Cualquier Acción Irreflexiva está
condenada al fracaso por la Discreción, aunque a veces la salva la Suerte.
Conviene ir con cuidado donde se teme que hay mucho fondo; que lo prepare la
Sagacidad y que la Prudencia vaya ganando terreno. Hoy hay muchos bajíos en el
trato humano y conviene ir siempre con la sonda en la mano.
79. Carácter jovial. Con moderaci6n es una cualidad y no un defecto. Un grano de
gracia todo lo sazona. Los mayores hombres también mueven la pieza del donaire,
que atrae la gracia de todo el mundo. Pero respetando la prudencia y guardando
el decoro. Otros hacen de una gracia el atajo para salir airosamente de un
problema, pues hay cosas que se deben tomar en broma, incluso a veces las que
el otro toma más en serio. Indica apacibilidad y es embrujo de los corazones.
80. Cautela al informarse. Se vive más de oídas que de lo que vemos. Vivimos de la fe ajena.
El oído es la segunda pueda de la verdad y la principal de la mentira. De
ordinario la verdad se ve y excepcionalmente se oye. Raras veces llega en su
puro elemento y menos cuando viene de lejos: siempre trae algo de mezcla de los
ánimos por donde ha pasado.
81 al 90
81. Renovar el lucimiento. La excelencia suele envejecer, y con ella la fama. La costumbre
disminuye la admiración y una novedad mediana suele vencer a la mayor eminencia
una vez envejecida. Hay que renovar el valor, el ingenio, el éxito, todo. Hay
que aventurarse a renovar en brillantez, amaneciendo muchas veces como el sol,
cambiando las actividades del lucimiento. La privación provocará el deseo, y la
novedad el aplauso.
82. Nunca apurar ni el mal ni el
bien. Un sabio redujo toda la sabiduría
a la moderación en todo. Apurar el derecho es injusticia, y la naranja que
mucho se exprime amarga. Incluso en el placer nunca se debe llegar a los
extremos. El mismo ingenio se agota si se apura y sacará sangre en lugar de
leche quien esquilme como si fuera un tirano.
83. Permitirse algún desliz venial. Un descuido suele ser a veces la mejor recomendación de las
buenas cualidades. La envidia tiene su ostracismo, tanto más civil cuanto más
criminal: acusa a lo muy perfecto de que peca en no pecar, y condena del todo
lo que es perfecto en todo. La censura hiere, como el rayo, las más elevadas
cualidades.
84. Saber valerse de los enemigos. Hay que saber coger todas las cosas no por el filo, para que
hieran, sino por la empuñadura, para que defiendan; especialmente la emulación.
Al hombre sabio le son más útiles sus enemigos que al necio sus amigos. Una
malevolencia suele allanar montañas de dificultad que la benevolencia no se atrevería
a pisar. A muchos sus enemigos les fabricaron su grandeza. Es más fiera la
lisonja que el odio, pues éste señala defectos que se pueden corregir, pero
aquélla los disimula. La cautela es grande cuando se vive junto a la emulación,
a la malevolencia.
85. No servir de comodín. El mucho uso de lo excelente se convierte en abuso. Como todos
lo desean, al final todos se enfadan. El que todos lo deseen desemboca en el
enfado de todos. Es un gran defecto no servir para nada, y no menor querer
servir para todo. Estos pierden por querer ganar muchas veces, y después son
tan odiados como antes fueron deseados. Se encuentran estos comodines en
cualquier género de perfecciones: pierden la inicial consideración de
extraordinarias y se desprecian por comunes. El único remedio de todo lo
extremado es guardar equilibrio en el lucimiento: la perfección debe ser
máxima, pero la ostentación moderada. Cuanto más luce una antorcha, más se
consume y menos dura. Una exhibición limitada se premia con una mayor estima.
86. Prevenir los rumores. La muchedumbre tiene muchas cabezas, y por eso muchos ojos para
la malicia y muchas lenguas para el descrédito. A veces corre por ella un rumor
que afea la mejor reputación y si se convierte en una extendida burla acabará
con el renombre. Con frecuencia nace por algún error notorio, por ridículos
defectos que son materia adecuada a las murmuraciones. El hombre prudente debe
evitar estos descréditos oponiendo sus dotes de observación a la insolencia
vulgar. Es más fácil prevenir que remediar.
87. Cultura y refinamiento. El hombre nace bárbaro; debe cultivarse para vencer a la bestia.
La cultura nos hace personas, y más cuanto mayor es la cultura. Gracias a ella
Grecia pudo llamar bárbaro al resto del mundo. La ignorancia es muy tosca. Nada
cultiva más que el saber. Pero incluso la cultura es grosera sin refinamiento.
88. Amplitud en el trato. Hay que procurar que el trato sea elevado. El gran hombre no debe
tratar de lo insignificante. Nunca se debe entrar en demasiados pormenores, y
menos en las cosas desagradables. Aunque es ventajoso darse cuenta de todo como
al descuido, no lo es quererlo averiguar todo con desmesurado interés. Mandar
es, en gran parte, no darse por enterado. Hay que dejar pasar la mayoría de las
cosas entre familiares, amigos y especialmente entre enemigos.
89. Conocerse a sí mismo. Conocer el carácter, la inteligencia, las opiniones y las
inclinaciones. No se puede ser dueño de sí si primero no se conoce uno mismo.
Cuando uno se despreocupe de su imagen exterior, debe conservar la interior
para enmendarla y mejorarla. Tiene que conocer las fuerzas de su prudencia y
perspicacia para emprender proyectos, comprobar su tesón para vencer el riesgo,
tener medido su fondo y su capacidad para todo.
90. El arte para vivir mucho: vivir
bien. Dos cosas acaban rápidamente con
la vida: la necedad o el vicio. Unos perdieron la vida por no saberla guardar y
otros por no querer hacerlo. Igual que la virtud es el premio de la virtud, el
vicio es el castigo del vicio. Quien vive deprisa en el vicio, pronto termina
de dos maneras: acaba con la vida y con la honra. Quien vive deprisa en la
virtud, nunca muere.
91 al 101
91. Obrar sólo si no hay dudas
sobre la prudencia. La sospecha de desacierto
en el que actúa se convierte en evidencia para el que mira y mucho más si fuera
un competidor. Si acaloradamente se adopta, con dudas, una decisión, después,
sin pasión, se condenará la necedad manifiesta. Son peligrosas las acciones en
las que duda la prudencia. Es más seguro no realizarlas. La prudencia no admite
probabilidades.
92. Buen sentido trascendental, es
decir, en todo. Es la primera y más alta regla
para obrar y hablar, más recomendable cuanto mayores y más elevadas son las
ocupaciones. Más vale un grano de buen sentido que montañas de inteligencia.
Así se camina seguro, aunque no tan aplaudido. Pero la reputación de prudente
es el triunfo de la fama. Con ella se satisface a los prudentes, cuya
aprobación es la piedra de toque de los aciertos.
93. Hombre universal. Está hecho de todas las perfecciones y vale por muchos. Hace muy
feliz la vida, y traslada este placer a los amigos. La variedad con perfecci6n
es entretenimiento de la vida. Es un gran arte saber disfrutar de todo lo
bueno. La naturaleza hizo del hombre, por su eminencia, un compendio de todo lo
natural; que el arte lo convierta en un universo por el ejercicio y cultivo
tanto del buen gusto como de la inteligencia.
94. Capacidad inabarcable. Es mejor que el hombre prudente evite que le midan la profundidad
de su sabiduría y méritos, si quiere que todos le veneren. Que sea conocido
pero no comprendido. Que nadie le averigüe los límites de la capacidad, para
huir del peligro evidente del desengaño. Que nunca dé lugar a que ninguno le
alcance del todo. Causa mayor veneración la opinión y la duda sobre dónde llega
la capacidad de cada uno que la evidencia de ella, por grande que fuera.
95. Saber mantener la expectación:
alimentarla siempre. Hay que prometer más y
mucho. La mejor acción debe ser hacer un envite de gran cantidad. No se tiene
que echar todo el resto en la primera buena jugada. Es una gran treta saber
moderarse en las fuerzas, en el saber, e ir adelantando el triunfo.
96. Un extraordinario buen sentido.
Es el trono de la razón, base de la prudencia, y por él
cuesta poco acertar. Es el regalo del cielo más deseado por ser el primero y el
mejor. Es la primera pieza de la armadura, tan necesaria que si falta cualquier
otra el hombre no será llamado falto. Su menos, su falta, se nota más. Todas
las acciones de la vida dependen de su influencia, y todas solicitan su
aprobación, pues todo tiene que hacerse con seso, con buen sentido. Consiste en
una propensión innata a todo lo que está de acuerdo con la razón. Siempre se
casa con lo más acertado.
97. Conseguir y conservar la
reputación. Es el usufructo de la fama.
Cuesta mucho porque nace de las eminencias, más raras cuanto son comunes las
medianías. Una vez conseguida, se conserva con facilidad. Obliga mucho y obra
más. Es un tipo de majestad cuando llega a ser veneración, por la sublimidad de
su origen y de su ámbito. Aunque la reputación en sí misma siempre se ha
valorado.
98. Ocultar la voluntad. Las pasiones son los portillos del ánimo. El saber más práctico
consiste en disimular. El que juega a juego descubierto tiene riesgo de perder.
Que compita la reserva del cauteloso con la observación del advertido. A la
mirada de lince, un interior de tinta de calamar. Es mejor que no se sepa la
inclinación, para evitar ser conocido tanto en la oposición como en la lisonja.
99. Realidad y apariencia. Las cosas no pasan por lo que son, sino por lo que parecen. Son
raros los que miran por dentro, y muchos lo que se contentan con lo aparente.
No basta tener razón si la cara es de malicia.
100. El hombre desengañado, que
conoce los errores y engaños de la vida: es sabio virtuoso y filósofo del
mundo. Serlo, pero no parecerlo y mucho
menos hacer ostentación. La filosofía moral está desacreditada, aunque es la
mayor ocupación de los sabios. La ciencia de los prudentes vive desautorizada.
Séneca la introdujo en Roma y luego se conservó en los palacios. Hoy se
considera impertinente, pero siempre el desengaño fue pasto de la prudencia y
delicia de la entereza.
101. La mitad del mundo se está riendo
de la otra mitad, y ambas son necias. Según
las opiniones, o todo es bueno o todo es malo. Lo que uno sigue el otro lo
persigue. Es un necio insufrible el que quiere regularlo todo según su
criterio. Las perfecciones no dependen de una sola opinión: los gustos son
tantos como los rostros, e igualmente variados. No hay defecto sin afecto. No
se debe desconfiar porque no agraden las cosas a algunos, pues no faltarán
otros que las aprecien. Ni enorgullezca el aplauso de éstos, pues otros lo
condenarán. La norma de la verdadera satisfacción es la aprobación de los
hombres de reputación y que tienen voz y voto en esas materias. No se vive de
un solo criterio, ni de una costumbre, ni de un siglo.
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buena suerte te acompañe en todo lo que emprendas.
BIOGRAFÍA
Nacido en Belmonte de Gracián, aldea de Calatayud, a principios de
1601. Se crió en Toledo con Antonio Gracián, tío suyo, y cumplidos los
dieciocho años ingresó en la Compañía de Jesús, en el noviciado de Tarragona.
Profesor en el Colegio de la Compañía en Calatayud, estudió Teología, y tras
recibir las sagradas órdenes hizo profesión solemne en 1635. Fue capellán del
ejército del marqués de Leganés en la guerra de Cataluña, rector del noviciado
de Tarragona y profesor de Humanidades, Filosofía, Teología Moral y Sagrada
Escritura. Los problemas ocasionados por la publicación de sus obras, dieron
lugar a su traslado a Graus y posteriormente a Tarazona, ciudad donde falleció
a finales de 1658.
BIBLIOGRAFÍA
Escribió El Héroe (Huesca, 1637), El político Fernando el
Católico (Zaragoza, 1641), Agudeza y arte de ingenio (Madrid, 1642),
El Discreto (Huesca, 1646), Oráculo manual y arte de prudencia
(Huesca, 1647), El Criticón (Huesca, 1651) y El Comulgatorio
(Huesca, 1653). En determinado momento le fueron atribuidas las Selvas de
todo el año (Barcelona, 1668), atribución que ningún investigador mantiene
en la actualidad. De todas ellas se han hecho innumerables ediciones en todo el
mundo.